miércoles, 19 de noviembre de 2014

CASA CALDERÓN. Bogotá, Colombia. 1963. Fernando Martínez Sanabria.




Diego Romero
Código 25061472
Miércoles 26 de marzo de 2014

CASA CALDERÓN. Bogotá, Colombia. 1963. Fernando Martínez Sanabria.

La arquitectura es un espejo mágico en donde se evocan todas las realidades del mundo

Fernando Martínez Sanabria es, sin duda alguna, uno de los arquitectos más importantes de la historia de la arquitectura moderna en Colombia. Perteneció a la generación de arquitectos que realizaron la parte más importante de su obra en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX; una generación que, en términos psicoanalíticos y freudianos, puede denominarse como la generación del “Complejo de Edipo de la arquitectura moderna”: estos jóvenes arquitectos han matado a su padre, personificado esencialmente en Le Corbusier, junto con los principios del racionalismo, y ahora deben plantear otros principios de la arquitectura moderna distintos a aquellos que les han decepcionado y rechazan, además del racionalismo, la utilización de un denominado “estilo internacional”; estos arquitectos proponen una arquitectura local, que responda en gran medida al lugar en el que se construye. Aquello que propuso esta generación puede entenderse, también, en términos dialécticos, como una síntesis de los principios fundamentales de la arquitectura moderna y de los nuevos planteamientos que intentan subsanar esas mismas contradicciones que generó la que se podría catalogar como la “modernidad clásica”. Es interesante cómo este oxímoron muestra, dentro del mismo movimiento moderno, cómo el transcurrir de los hechos logra establecer unos cánones y parámetros que, aunque en su esencia lingüística y conceptual resulte contradictorio relacionarlos, al establecerse como modelo se establece como presente y deja de ser moderno en sentido estricto[1]. Este acontecer dialéctico, y, a su vez, edípico, es la razón que ha hecho que los movimientos culturales se transformen y se reinventen a lo largo de toda la historia de la humanidad.
En 1963, año en el que se construye la Casa Calderón, habían pasado 25 años desde que Leopoldo Rother hubiera proyectado y construido la Ciudad Universitaria, el proyecto más moderno realizado, hasta ese entonces, y quizás de los más modernos ejecutados aún hoy en día, en Bogotá y en Colombia. La modernidad en su apogeo ha llegado a lo que tradicionalmente se ha denominado como un país “católico, atrasado y conservador”. El racionalismo dominante del momento se ve reflejado no sólo en el planteamiento de los trazados reguladores sino también en el estilo de la arquitectura que se construye, manifestado en volúmenes de geometría sintética y realizados con estuco blanco. Este proyecto, para realizarse, buscó un lugar externo a los límites de la ciudad construida, la ciudad histórica, para crear un nuevo modelo completamente racional y planificado que permitiera el desarrollo de unas actividades de una manera funcional, eficiente y agradable: un modelo que refleja los ideales modernos más importantes.
El concepto del habitar moderno es un cambio formal que tiene lugar debido a una serie de cambios en las relaciones de producción y de la cultura; al igual que muchos más aspectos de la modernidad misma,  tiene dos componentes importantes: la familia nuclear y el modelo de producción fordista. Cuando se crean los espacios para habitar son aspectos muy importantes que se deben tener en cuenta. Sin embargo, remitiendo a las mismas relaciones de producción, y a las condiciones sociales y económicas propias de la modernidad, el modo de habitar varía según las clases sociales.
La Casa Calderón, en primera instancia, cambia el concepto del habitar al situarse en un nuevo barrio residencial, El Refugio, un barrio en el que los lotes y las manzanas tienen tipología aislada, hecho que permite que todas las casas tengan cuatro fachadas[2]. Este barrio fue desarrollado paralelamente con la obra de Martínez[3]. La ciudad moderna separa espacialmente las actividades propias del hombre moderno, trabajar, descansar, circular y recrearse[4], es decir, se zonifica. Además, hay una clara intención de romper con la ciudad histórica y de crear un espacio esencialmente moderno que no herede los problemas que se han venido generando en los centros urbanos. La clase oligárquica bogotana traslada progresivamente su vivienda hacia el norte, se expande hacia las periferias de la ciudad, escapando de los problemas que existen en el centro de Bogotá, una ciudad cada vez más moderna, más grande y con muchos más habitantes provenientes del éxodo rural en un país que deja de ser, paulatinamente, un país agrario y cada vez más industrializado. Bogotá, además, como centro político y social del país, es reflejo de los problemas que se generan en el espacio rural. En una triste analogía, las familias aristocráticas escapan de unos problemas de los que bien han sido partícipes o no han podido solucionar desde el poder.
Fernando Martínez Sanabria, en los proyectos que realiza en este barrio (e.g. las casas Wilkie, Santos o el Edificio Giraldo), que están destinados para ser habitados por clases pudientes, puede explayarse formalmente dando lugar a una arquitectura con unos aspectos muy interesantes. Asumiendo la concepción moderna del habitar más desde el proyecto, la arquitectura debe contemplar absolutamente todos los aspectos de la actividad que va a realizar el habitante en su acto de morar. Al igual que la ciudad, la arquitectura moderna sigue planteando la zonificación como uno de sus principios fundamentales; la Casa Calderón planea las áreas social, privada y de servicios claramente diferenciadas, que permiten que el habitante, el hombre moderno bogotano de la década de los 60, realice sus actividades de manera eficiente y adecuada. En términos generales, una arquitectura en que la función precede a la forma.
El estilo de la casa se ha encuadrado dentro de lo que se ha denominado “corriente topológica”[5], como un movimiento que ha transformado el concepto de “arquitectura orgánica” que desarrollaron, principalmente, los arquitectos Bruno Zevi y Frank Lloyd Wright hacía unas décadas atrás[6]. Toda la concepción de la arquitectura orgánica tiene un gran trasfondo filosófico que ha sido bien estudiado por Germán Darío Rodríguez Botero, en su tesis De la arquitectura orgánica a la arquitectura del lugar. A su vez, en esta tesis, el mencionado arquitecto hace un análisis de esa “corriente topológica”, y de cómo Martínez logra, a partir de su obra, adaptarse de manera magistral a las condiciones propias del lugar: un terreno inclinado y la posibilidad de utilizar los materiales autóctonos, en este caso el ladrillo, que se fabrica por la composición del suelo de la región.
Pero el lugar en la Casa Calderón no se limita sólo a adaptarse a unas condiciones preexistentes; la composición de la casa crea unas relaciones interior-exterior muy características: el aproximarse a la casa, a nivel de peatón, es todo un rito expectativo, pues la casa se muestra esencialmente cerrada hacia la calle, que culmina con una gran experiencia sensible que se genera en el momento de ingresar a la casa y de percibir las formas y las relaciones espaciales y visuales que se generan dentro de la casa y con el exterior. El volumen de la casa está perfectamente relacionado con su contexto, sigue los lineamientos dictados por el paisaje.
El espacio contenido es una sucesión descendente, desde el nivel superior de acceso, de relaciones espaciales y visuales articuladas en varios niveles a manera de Raumplan, a través de una cubierta inclinada. Se puede definir esta casa como una casa “introspectiva”, pues se mira más a sí misma que a la calle. Las relaciones visuales que se crean con el exterior vinculan más al observador con el paisaje, con la geografía natural bogotana, que es uno de los aspectos más importantes e interesantes de la ciudad.
Haciendo un análisis de una foto del interior de la casa, tomada en los años 90[7], es de destacar, además de los aspectos formales de la casa y las relaciones visuales enmarcadas mediante los vanos en el muro, los objetos que en ella se presentan: además de diversos muebles y obras de arte moderno presentes en otros espacios de la casa, es frecuente encontrar objetos de arte religioso y muebles antiguos, quizás coloniales o republicanos, que contrastan con el predominante carácter moderno de la casa. En este momento puedo realizar una hipótesis: quizás la supuesta idiosincrasia católica y conservadora colombiana, muy presente en los sectores aristocráticos, es la que impulsa el desarrollo de la modernidad en el país. Pero es una modernidad que no rompe con todos los elementos del pasado, pues sería romper de alguna manera con el statu quo de ser las personas con más poder.
            Puedo concluir este ensayo afirmando que la Casa Calderón ha sido un gran aporte no sólo a la historia de la arquitectura en Colombia, sino también en América Latina, y por qué no en el mundo, a través de la creación de elementos formales y relaciones espaciales que no habían tenido lugar hasta ese momento en este lugar. La experiencia espacial que genera es completamente innovadora y sensible, creada a partir de los elementos proyectuales que plasmó Martínez Sanabria en esta obra. Sin embargo, también cabe resaltar que todos esos elementos no se hubieran podido realizar si la casa no hubiera estado dirigida a una familia de las más importantes de la aristocracia bogotana. Por alguna razón, los proyectos más importantes de la casa moderna, las “casas manifiesto”, en los que se exploran y de desarrollan los aspectos formales arquitectónicos no son casas de vivienda popular no obrera. Para mí, ese sigue siendo uno de los más grandes retos de la arquitectura: lograr desarrollar no sólo un hábitat funcional y digno, sino ir más allá de lo correcto y llegar a lo magnífico en todos los espacios en que el ser humano va a habitar.


BIBLIOGRAFÍA

ARANGO, Silvia: Historia de la Arquitectura en Colombia. Centro Editorial y Facultad de Artes, Universidad Nacional de Colombia. Primera edición, Bogotá, 1989.
BENEVOLO, Leonardo: Historia de la arquitectura moderna. Editorial Gustavo Gili. Séptima edición, Barcelona, 1994.
CUÉLLAR SÁNCHEZ, Marcela; MEJÍA PAVONY, Germán: Atlas histórico de Bogotá. Editorial Planeta. Bogotá, 2007.
NIÑO MURCIA, Carlos; JARAMILLO AGUDELO, Darío: Fernando Martínez Sanabria y la arquitectura del lugar en Colombia. Bogotá: Banco de la República y El Áncora Editores. 1999.
PARRA ESCOBAR, Catalina. Articulando continuidad. Espacio abstracto y espacio percibido en la Casa Calderón, de Fernando Martínez Sanabria, 1963. Colección Punto Aparte. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, 2010.
QUETGLAS, Josep: Imágenes del Pabellón de Alemania: Der Gläserne Schreken, section b. Montreal, 1991.
RODRÍGUEZ BOTERO, Germán Darío: De la arquitectura orgánica a la arquitectura del lugar en las casas Wilkie (1962) y Calderón (1963) de Fernando Martínez Sanabria. Una aproximación a partir de la experiencia. Colección Punto Aparte. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, 2007.
SALDARRIAGA ROA, Alberto (textos); CASTAÑEDA, Antonio (imágenes): Casa moderna: Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana. Villegas Editores. Bogotá, 1996.
TÉLLEZ, GERMÁN: Historia del arte colombiano. Salvat Editores Colombiana. Bogotá, 1988.
ZALAMEA, GUSTAVO: Fernando Martínez Sanabria. Vida y obra. Catálogo de la exposición en la Galería Deimos. Bogotá, marzo de 1993.
 







“La comunicación entre los recintos no es sólo problema de acceso o comunicación, es también un problema estético. El umbral abierto en el muro obra a la manera de un marco que encuadra una vista interior. Se aprecia el juego contrastante de geometrías y el fuerte sentido de direccionalidad que ellas imprimen al espacio de la casa”
Casa Moderna, pág 44.
 







Diego Romero
Código 25061472
Viernes 9 de mayo de 2014

CASA CALDERÓN. Bogotá, Colombia. 1963. Fernando Martínez Sanabria.

La arquitectura es un espejo mágico en que se evocan todas las realidades del mundo

Fernando Martínez Sanabria (1925 – 1991) está considerado como uno de los arquitectos más importantes de la historia de la arquitectura moderna en Colombia. Perteneció a la generación que realizó la parte más importante de su obra en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX; una generación que, en términos freudianos, he denominado como la generación del “Complejo de Edipo de la arquitectura moderna”: estos jóvenes arquitectos estuvieron destinados a matar a su padre, personificado en los principios del racionalismo que defendían los maestros que les precedieron, para poder plantear otros principios de la arquitectura moderna distintos a aquellos que les han decepcionado y rechazan. Estos arquitectos proponen una arquitectura que responda al lugar en el que se plantea, al igual que nuevas e interesantes exploraciones formales y espaciales. Aquello que propuso esta generación puede entenderse, también, en términos dialécticos, como una síntesis de los principios fundamentales de la arquitectura moderna y de los nuevos planteamientos que intentan subsanar esas mismas contradicciones que generó la que se podría llamar la “modernidad clásica”. Este oxímoron muestra que, dentro del mismo movimiento moderno, el transcurrir de los hechos logra establecer unos cánones y parámetros que, aunque en su esencia lingüística y conceptual resulte contradictorio relacionarlos, al establecerse como modelo se establecen como presente y dejan de ser modernos en sentido estricto[1]. El mencionado acontecer dialéctico, y, a su vez, edípico, ha propiciado la transformación y la reinvención de los movimientos culturales a lo largo de la historia de la humanidad.
En 1963, año en que se proyecta la Casa Calderón, habían pasado 25 años desde que Leopoldo Rother hubiera proyectado y construido la Ciudad Universitaria, el proyecto más moderno realizado hasta ese entonces, creado fuera de los límites de la ciudad histórica, a partir de modelos arquitectónicos y urbanísticos eminentemente racionales que permitieran la existencia de los nuevos y necesarios modos de vivir: un espacio eficiente, higiénico, agradable. La modernidad en su apogeo ha llegado a lo que la historiografía tradicional ha denominado un país “católico, atrasado y conservador”.
Para la década de los años sesenta, Bogotá ya había tenido una serie de transformaciones más destinadas a hacer una ciudad cada vez más moderna (la construcción de la Carrera Décima, la Calle 26, el Aeropuerto El Dorado, la remodelación de la Plaza de Bolívar, hecha por el propio Martínez Sanabria), si bien aún mostraba marcadas facetas “premodernas”, manifestadas, sobre todo, en la pervivencia de modos de vida rurales presentes por la indisoluble relación entre el campo y la ciudad. Los intentos de modernidad y de progreso iban generando una sociedad cada vez más contradictoria, como lo sigue siendo la sociedad de nuestros días. Las contradicciones se generan por la imposición de un modelo completamente ajeno que intenta sustituir por completo los modelos preexistentes dentro de una sociedad: una imposición que es, evidentemente, violenta; desde la llegada de los europeos al continente americano, este aspecto contradictorio ha sido esencial en la historia de los países de América Latina.
La misma modernidad crea transformaciones de los modelos anteriormente generados, relacionadas con los avances científicos y técnicos y con la sensación de pertenecer a un mundo completamente nuevo que se ha intentado reconstruir tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Es conocido que la década de los sesenta se caracterizó por una gran cantidad de reivindicaciones sociales y la consolidación de los fenómenos culturales de masas, enmarcados dentro de otro contexto contradictorio de enfrentamiento entre el bloque capitalista y el bloque comunista en la Guerra Fría.
La concepción del habitar moderno es un cambio formal producido como resultado de una serie de cambios en las relaciones de producción y de la cultura; al igual que muchos más aspectos de la modernidad misma, tiene dos componentes importantes: la familia nuclear y el modelo de producción fordista. El habitar moderno refleja las formas de vivir que mejor se adapten a la concepción de la sociedad industrial y que mejor respondan a su modelo. La eficiencia se convierte así en un concepto fundamental presente en todos los ámbitos de la sociedad. La arquitectura moderna tiene como fin, por lo tanto,  plasmar las transformaciones de los modos de habitar en el espacio. A su vez, remitiendo a las mismas relaciones de producción, y a las condiciones sociales y económicas propias de la modernidad, el modo de habitar varía según las clases sociales: la arquitectura se construye teniendo en cuenta los modos de habitar de esas distintas clases.
La Casa Calderón es una de las “casas manifiesto” de Fernando Martínez Sanabria, junto con los proyectos de vivienda unifamiliar desarrollados por el arquitecto entre 1957 y 1965; es heredera de las reflexiones que se habían planteado sobre los modos modernos del habitar; sin embargo, dentro de los nuevos planteamientos sobre la arquitectura, no pueden faltar reflexiones sobre los modos de habitar, encaminadas a entender las transformaciones sociales y culturales que se fueron generando después de la Segunda Guerra Mundial, con una velocidad cada vez más creciente. Estas casas son manifiesto de los planteamientos de Martínez al entender el espacio para habitar más allá de la concepción moderna del habitar, como una experiencia eminentemente sensible.
La casa se sitúa en un nuevo barrio residencial, El Refugio, un barrio en el que los lotes y las manzanas tienen tipología aislada, hecho que permite que todas las casas tengan cuatro fachadas[2]. Este barrio fue desarrollado paralelamente con la obra de Martínez[3]. La ciudad moderna separa espacialmente las actividades propias del hombre moderno, trabajar, descansar, circular y recrearse[4], es decir, se zonifica. Además, hay una clara intención de romper con la ciudad histórica y de crear un espacio esencialmente moderno que no herede los problemas que se han venido generando en los centros urbanos. La clase oligárquica bogotana traslada progresivamente su vivienda hacia el norte, se expande hacia las periferias de la ciudad, escapando de los problemas que existen en el centro de Bogotá, una ciudad cada vez más moderna, más grande y con muchos más habitantes provenientes del éxodo rural en un país que deja de ser, paulatinamente, un país agrario y cada vez más industrializado. Bogotá, además, como centro político y social del país, es reflejo de los problemas que se generan en el espacio rural. En una triste analogía, las familias aristocráticas escapan de unos problemas de los que bien han sido partícipes o no han podido solucionar desde el poder.
Fernando Martínez Sanabria, en los proyectos que realizó en este barrio (e.g. las casas Wilkie, Santos o el Edificio Giraldo), que están destinados para ser habitados por clases pudientes, puede explayarse formalmente dando lugar a una arquitectura con unos aspectos muy interesantes; Germán Téllez ha definido estas exploraciones formales como “ejercicios de estilo” destinados a la élite social[5]. Asumiendo la concepción moderna del habitar más desde el proyecto, la arquitectura debe contemplar absolutamente todos los aspectos de la actividad que va a realizar el habitante en su acto de morar, de existir. Al igual que la ciudad, la arquitectura moderna sigue planteando la zonificación como uno de sus principios fundamentales; la Casa Calderón planea las áreas social, privada y de servicios claramente diferenciadas, que permiten que el habitante, el hombre moderno bogotano de la década de los 60, realice sus actividades de manera eficiente y adecuada. En términos generales, una arquitectura en que la función precede a la forma, para permitir el desarrollo de la concepción moderna del habitar.
La casa, a partir del análisis de sus elementos formales, se ha encuadrado dentro de lo que se ha denominado “corriente topológica”[6], como una tendencia que ha transformado la “arquitectura orgánica”, concepto desarrollado, principalmente, por Bruno Zevi y Frank Lloyd Wright hacía unas décadas atrás[7]. Toda la concepción del organicismo en arquitectura tiene un gran trasfondo filosófico que ha sido bien estudiado por Germán Darío Rodríguez Botero, en su tesis De la arquitectura orgánica a la arquitectura del lugar. A su vez, en esta tesis, el mencionado arquitecto hace un análisis de esa “corriente topológica”, y de cómo Martínez logra, a partir de su obra, adaptarse de manera magistral a las condiciones propias del lugar, entendido el lugar en su componente material así como el lugar inmaterial y simbólico. El terreno inclinado y la posibilidad de utilizar los materiales autóctonos, en este caso el ladrillo, producido por los recursos que aporta la topografía local, son dos aspectos del lugar material que se manifiestan en la casa. A su vez, se crean unas relaciones interior-exterior muy características: el aproximarse a la casa, a nivel de peatón, es todo un rito expectativo, pues la casa se muestra esencialmente cerrada hacia la calle, que culmina con una gran experiencia sensible que se genera en el momento de ingresar a la casa y de percibir las formas y las relaciones espaciales y visuales que se generan dentro de la casa y con el exterior. El volumen de la casa está perfectamente relacionado con su contexto, sigue los lineamientos dictados por el paisaje.
El espacio contenido es una sucesión descendente, desde el nivel superior de acceso, de relaciones espaciales y visuales articuladas en varios niveles a manera de raumplan, que no sólo jerarquizan espacialmente con alturas los espacios por la actividad que contienen sino también son un aspecto fundamental de la espacialidad y de la relación entre el interior y el exterior. La transición de espacios está rematada por una cubierta inclinada que genera un cielorraso que contribuye en gran medida a la continuidad espacial. Se puede definir esta casa como una casa “introspectiva”, pues se mira más a sí misma que a la calle. Las relaciones visuales que se crean con el exterior vinculan más al observador con el paisaje, con la geografía natural bogotana, que es uno de los aspectos más importantes e interesantes de la ciudad. Los intentos de conexión con el paisaje pueden ser reflejo de una nostalgia bucólica de un pasado rural no sólo de las clases campesinas, sino también de la misma oligarquía, como la familia Calderón, una familia estrechamente ligada con el campo y la tierra; los intentos de relación con el paisaje muestren, quizás, un deseo de volver a la tierra.
Según estudia Catalina Parra, en su tesis Articulando continuidad, el aspecto primordial de la casa en su composición no se limita sólo a las exploraciones formales y a las relaciones con el lugar. Al igual que los planteamientos de la generación a la que pertenece Martínez Sanabria, la composición de la casa está basada en opuestos dialécticos: entrar y salir, ascender y descender, cerrar y abrir, separar y unir, remitiendo a aspectos concretos en simultánea con lógicas abstractas; esta composición dialéctica genera continuidad a partir de espacios articulados. La geometría, las visuales, el lugar y las interconexiones espaciales son aspectos y variables al servicio de la interconexión espacial[8].
Haciendo un análisis de una foto del interior de la casa, tomada en los años 90[9], es de destacar, además de los aspectos formales y espaciales de la casa y las relaciones visuales enmarcadas mediante los vanos en el muro, los objetos que en ella se presentan: al mismo tiempo que hay diversos muebles y obras de arte moderno en otros espacios de la casa, es frecuente encontrar objetos de arte religioso y muebles antiguos, quizás coloniales o republicanos, que contrastan con el predominante carácter moderno de la casa. A partir del análisis de la imagen he planteado una hipótesis: quizás la supuesta idiosincrasia católica y conservadora colombiana, muy presente en los sectores aristocráticos, es la que impulsa el desarrollo de la modernidad en el país. En cualquier caso, es una modernidad que para la  propia aristocracia logra establecerse de una manera más sintética en términos dialécticos: no rompe con todos los elementos del pasado, pues sería romper de alguna manera con el statu quo de ser las personas con más poder.
            La principal conclusión que puedo aportar a partir del estudio de la Casa Calderón es ha sido un gran aporte no sólo a la historia de la arquitectura en Colombia, sino también en América Latina a través de la creación de elementos formales, relaciones con el lugar y creaciones espaciales que fueron muy innovadoras. La experiencia espacial que se genera al descubrir la casa es completamente sensible, es una experiencia creada a partir de los elementos proyectuales que plasmó Martínez Sanabria en esta obra. Sin embargo, también cabe resaltar que todos esos elementos no se hubieran podido realizar si la casa no hubiera estado dirigida a una familia de las más importantes de la aristocracia bogotana. Entendiendo la arquitectura como un acto político, plantea transformaciones formales, tanto en el espacio como en los modos de habitar, pero sigue plasmando un orden social preestablecido. Por alguna razón, los proyectos más importantes de la casa moderna, las “casas manifiesto”, en los que se exploran y de desarrollan los aspectos formales y espaciales de la nueva arquitectura, no son casas de vivienda popular ni obrera. Para mí, ese sigue siendo uno de los más grandes retos de la arquitectura: lograr desarrollar no sólo un hábitat funcional y digno, sino ir más allá de lo correcto y llegar a lo magnífico en todos los espacios en que el ser humano va a habitar.
BIBLIOGRAFÍA

ARANGO, Silvia: Historia de la Arquitectura en Colombia. Centro Editorial y Facultad de Artes, Universidad Nacional de Colombia. Primera edición, Bogotá, 1989.
BENEVOLO, Leonardo: Historia de la arquitectura moderna. Editorial Gustavo Gili. Séptima edición, Barcelona, 1994.
CUÉLLAR SÁNCHEZ, Marcela; MEJÍA PAVONY, Germán: Atlas histórico de Bogotá. Editorial Planeta. Bogotá, 2007.
NIÑO MURCIA, Carlos; JARAMILLO AGUDELO, Darío: Fernando Martínez Sanabria y la arquitectura del lugar en Colombia. Bogotá: Banco de la República y El Áncora Editores. 1999.
PARRA ESCOBAR, Catalina. Articulando continuidad. Espacio abstracto y espacio percibido en la Casa Calderón, de Fernando Martínez Sanabria, 1963. Colección Punto Aparte. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, 2010.
QUETGLAS, Josep: Imágenes del Pabellón de Alemania: Der Gläserne Schreken, section b. Montreal, 1991.
RODRÍGUEZ BOTERO, Germán Darío: De la arquitectura orgánica a la arquitectura del lugar en las casas Wilkie (1962) y Calderón (1963) de Fernando Martínez Sanabria. Una aproximación a partir de la experiencia. Colección Punto Aparte. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá, 2007.
SALDARRIAGA ROA, Alberto (textos); CASTAÑEDA, Antonio (imágenes): Casa moderna: Medio siglo de arquitectura doméstica colombiana. Villegas Editores. Bogotá, 1996.
TÉLLEZ, GERMÁN: Historia del arte colombiano. Salvat Editores Colombiana. Bogotá, 1988.
ZALAMEA, GUSTAVO: Fernando Martínez Sanabria. Vida y obra. Catálogo de la exposición en la Galería Deimos. Bogotá, marzo de 1993.


[1] QUETGLAS, Josep: Imágenes del Pabellón de Alemania: Der Gläserne Schreken, section b. Montreal, 1991.
[2] PARRA ESCOBAR, Catalina. Articulando continuidad. Espacio abstracto y espacio percibido en la Casa Calderón, de Fernando Martínez Sanabria, 1963. Colección Punto Aparte. Universidad Nacional de Colombia, 2010.
[3] CUÉLLAR SÁNCHEZ, Marcela; MEJÍA PAVONY: Atlas histórico de Bogotá. Editorial Planeta. Bogotá, 2007.
[4] LE CORBUSIER; SERT, José Luis: Carta de Atenas, 1931.
[5] TÉLLEZ, GERMÁN. Historia del arte colombiano, Tomo 6, pág. 1633. Salvat Editores Colombiana. Bogotá, 1988.
[6] ARANGO, Silvia: Historia de la Arquitectura en Colombia, pág. 237.
[7] RODRÍGUEZ BOTERO, Germán Darío. De la arquitectura orgánica a la arquitectura del lugar. 2007.
[8] PARRA: Articulando continuidad, pág. 23.
[9] SALDARRIAGA, Alberto: Casa Moderna, pág. 44.




CASA CALDERÓN - IMÁGENES

Lugar. El que fue el eje de la incipiente modernidad de principios de siglo, la Avenida Jiménez, se ha ido transformado a partir de las expectativas e imaginarios de la sociedad sobre la ciudad moderna.

Fotograma del documental “Rhapsosdy in Bogotá”, dirigido por José María Arzuaga en 1963, realizado para Televisión Española. En el cortometraje, con la música de “Rhapsody in Blue” de George Gershwin, se muestra una sucesión de imágenes que son parte del día a día de la cotidianidad en las calles de Bogotá. Hipervínculo del video en youtube: http://www.youtube.com/watch?v=6VysCk_--dg

Casa. El volumen del objeto arquitectónico responde a los lineamientos dictados por el paisaje, y se relaciona, a su vez, con los otros proyectos cercanos del arquitecto (Casas Santos y Casa Wilkie).

Fotografía tomada de Articulando continuidad de Catalina Parra Escobar. Pág. 43.


Habitación. El espacio contenido y clasificado en términos de la actividad, en este caso, sala, se vincula visual y espacialmente con los demás recintos del interior, y visualmente también con el paisaje lejano.

Fotografía tomada de Articulando continuidad de Catalina Parra Escobar. Pág. 175.

Objeto. La noción de proyecto involucra también los objetos que se formarán parte del espacio para habitar. En el plano, biblioteca y clósets, están completamente proyectados para trascender en el tiempo junto con el objeto arquitectónico.

Plano constructivo tomado de Articulando continuidad de Catalina Parra Escobar. Pág. 32.


Arquitecto. Fernando Martínez Sanabria, arquitecto y profesor de la Universidad Nacional de Colombia, fue uno de los personajes más decisivos para la construcción de la modernidad en Colombia.

Fotografía tomada del catálogo de la exposición Fernando Martínez Sanabria. Vida y obra. Págs. 56 y 57.
 


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